La minería en Sumapaz, localidad 20 de Bogotá (Colombia), se ha convertido en un problema que a futuro parece extenderse por las grandes riquezas naturales que alberga el territorio. Conozca la historia de Jaider, un pequeño que defiende la conservación del ecosistema porque entiende su importancia para la generación de agua.
La gaviota azul, un viejo camión Ford de plumaje resistente, se sumerge en el mar de polvo que cubre el camino serpenteado que conecta el único puente peatonal de Soacha con San Jorge. Su cabeza impecable corta el viento abriéndose paso por Fusungá y Panamá, dos veredas antes agrícolas y hoy el refugio de ladrilleras y canteras. Las chimeneas imparables, la maquinaria de extracción, el constante movimiento de trabajadores y una estación de gasolina en medio de la nada interrumpen el verde paisaje.
Luego de casi media hora de vuelo, se detiene. De la cabeza descienden tres campesinos. Uno de ellos, de 11 años rápidamente nos ayuda a los diez o quince que vamos en el lomo de la Gaviota a bajar maletas y saltar a tierra. -Bienvenidos a la Vereda San Jorge del corregimiento 1 de Soacha, dice con voz fuerte y firme, sin dejar de sonreír para invitarnos a seguir un camino que cruza una de las humildes viviendas y deja al descubierto una hermosa planicie rodeada de montañas y cultivos de papa, arveja, fresa y tomate de árbol.

Jaider Bello es el menor de cuatro hijos. Sus dos hermanos mayores trabajan en la ladrillera Santander, Rafael de 23 años como operario transportando bloque en unos vagones hacia las celdas de secado y Wilmar de 19, como cotero descargando bloque. Decidieron dejar de lado la agricultura porque trabajar en la ladrillera es más rentable. Karen, que es la otra hermana de Jaider, tiene 16 años, es madre soltera y como quiere ser médica sigue estudiando el bachillerato. Así las cosas, y a pesar de que los cuatro crecieron como campesinos, el único que desea dedicar su vida al campo es Jaider. Ama las plantas y los animales. Dice que quiere ser ambientalista profesional para proteger lo poquito que nos queda de este mundo y ayudar a los que son afectados por la minería y la extracción de petróleo.
Sus cachetes colorados, rojos y pecosos como fresas, dan cuenta del clima. En el subparamo los cachetes se queman, así haga sol el viento es frío todo el tiempo y San Jorge está un poquito más abajo del Sumapaz, el páramo más grande del mundo. A Jaider eso lo tiene sin cuidado, no le importa el frío, total está enamorado del campo. Según él, es maravilloso básicamente por tres cosas: Uno, la gente se puede acostar en el pasto así no tenga plata y puede dormir hasta en la noche. Dos, puede salir a jugar porque no hay desconocidos y no le roban nada. Tres, es muy sano, nada de vicios y nada de eso de la internet ni de la tecnología que daña, como los X- box.
El páramo de Sumapaz es tan grande que los españoles lo llamaban país de la niebla y es uno de los ecosistemas más importantes del país porque allí nacen varios ríos del Orinoco y del Magdalena. Su potencial ecológico y su papel en la regulación y estabilidad del ciclo hídrico lo han convertido en una de las principales reservas de suelo protegido. Sin embargo, ese potencial es un arma de doble filo, porque al ser tan rico hay muchos intereses económicos encontrados puesto que es un foco de atención para las compañías dedicadas a la extracción y explotación.
La Vereda San Jorge es reconocida porque hay abundancia de materiales para construcción (arena, gravilla, piedra) y esto la ha vuelto atractiva para una de esas compañías. TRENACO* es una multinacional Suiza que hace explotación a cielo abierto en San Jorge en una arenera llamada Caracolí. Antes el terreno donde está ubicada la arenera estaba protegido por considerársele zona de subparamo fundamental para la conservación del Sumapaz, hoy, a pesar de las protestas de los campesinos y movimientos ambientalistas de la zona que aseguran que hay nacientes de agua y especies nativas como frailejones que absorben el agua de las neblinas y la conservan, la CAR, ha concedido licencia ambiental para su explotación luego de hacer una realinderación que saca al terreno de la zona protegida.

La mina queda a pocos metros de la planicie hermosa a la que nos condujo Jaider. Donde se pongan los ojos hay montañas de diversas formas y colores que parecen haber estado en guerra. Tienen agujeros en sus entrañas, disparos profundos, heridas abiertas que harán que unas lamentablemente mueran en poco tiempo. Dejarán de ser montañas importantes en la producción de agua y oxígeno en el Páramo de Sumapaz, para mutar en concreto, ladrillo y otras cosas propias de la selva de cemento. Los responsables: funcionarios que otorgan licencias ambientales como pan caliente –atendiendo a un Plan de Gobierno que privilegia la minería como uno de los principales motores de crecimiento económico- . Es el crecimiento económico –que no garantiza mejores condiciones de vida para quienes las necesitan- versus el agua, que es la vida misma.
Mientras las riquezas de TRENACO crecen desmedidamente a costa de la vida, Jaider tiene que estudiar en otra vereda (Hungría) porque en San Jorge no hay escuelas, ni hospitales, ni una buena antena que permita el uso de celular para comunicarse con sus hermanos mientras trabajan en la ladrillera.
Mientras hombres y mujeres que en camionetas blancas e impecables entran y salen de la arenera (extraños especímenes, usan gafas negras -tal vez para no ver el desastre que están ocasionando- y mastican chicle a media ventana para sentirse intocables o tal vez superiores a los campesinos de la zona), el papá, la mamá de Jaider y el resto de campesinos que aun cultivan se joden llenándose de mugre hasta las orejas, para ganarse una miseria. Mientras TRENACO se da el lujo de pagar a algunos campesinos para que estén de su lado y presionen la dejación de terrenos, dividiendo la comunidad, Jaider y sus amigos no tienen ni siquiera una cancha de fútbol donde jugar. El sueño de Jaider y a lo mejor de muchos otros niños y niñas es tener una cancha de fútbol de pasto y un entrenador, porque la única cercana, es propiedad del ICA y ya no la prestan porque es privada.
El amor de Jaider por la naturaleza es desmedido porque si no fuera ambientalista profesional y tuviera que ayudar a tantas personas en distintas partes, sería campesino y se quedaría viviendo toda la vida en San Jorge. -La importancia del campesino es que son los que dan de comer. Si esto se llena de minería ya no vamos a tener qué comer, quién sabe qué comeremos ¡hasta plástico¡, ¿no ha visto eses chitos? Son plástico y les echan maíz, quémelos y verán que son plástico, dice.
Jaider con un poco más de una década tiene claro el problema y la solución. –Trenaco nos quiere afectar a todos, quiere explotar arena y dejarnos un hueco inmenso que nos va a secar el agua y nos va a poner a pelear con otras veredas como Quiba, como la tierra se va a chupar el agua no va a quedar agua ni para allá ni para acá. La solución es que no sigan explotando, le diría a los de Trenaco que ya es suficiente con lo que tienen, es suficiente para ustedes, ya no acaben más con la naturaleza.
*Trenaco suspendió actividades en la Mina Caracolí en el año 2015 por un derecho de petición que presentó un habitante de la zona.
Las denuncias presentadas por la comunidad y la organización de la misma frente a la actividad de la multinacional Trenaco, fueron posibles gracias a varios grupos de jóvenes ambientalistas, entre los que se destacan Caminando el Territorio y la Red Juvenil de Suacha, quienes realizaron caminatas ecológicas y de apropiación de la zona, además de actividades con la comunidad y manifestaciones en el centro de Bogotá.
