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La Brújula Política

Periodismo de investigación y de datos para curiosos

mes

mayo 2017

Los tule de Arquía, entre la resistencia y el conflicto

Por: Ángela Velandia

Entrega 1

Makilakuntiwala  o río que corre derecho, es un resguardo indígena kuna localizado en Arquía. Arquía está en medio del Tapón del Darién. Y el Darién, está en la frontera Colombia – Panamá, al occidente del Golfo de Urabá, en el norte de los departamentos del Chocó y Antioquia.

De Bogotá a Medellín se emplean aproximadamente ocho horas, que sumadas a otras diez permiten llegar a Turbo, la tierra del cangrejo y el banano, que es al tiempo un puerto clave en el contrabando, el tráfico de armas y  el narcotráfico centroamericanos. El olor a madera podrida, agua estancada y la  basura acumulada por todas partes, recuerdan la paradoja de los puertos colombianos: cunas de la prostitución y de los negocios oscuros,  lugares en los que mueven cantidades inimaginables de dinero pero que son al final absurdamente pobres.

Una replica de un barco sale del piso de la plaza y la estatua de Gonzalo Mejía,  cuyo epígrafe reza: un hombre con visión del mar, el aire y la tierra, lo saluda.

-Capurganáaaaa, Triganá… Sapzurrooooo, Unguía,  gritan los negros de piel curtida por el sol, que desde las siete de la mañana están en busca de turistas ávidos de paraísos tropicales (y es que es muy difícil pasar desapercibido. Al latino lo delatan las maletas 1000 litros que lleva consigo y al europeo la altura, la piel y la cara de susto). Son negros grandes, fuertes, trabajadores y  berracos… esto último, dirían algunos, heredado de la colonización antioqueña, ligada al establecimiento de la United Fruit Company –hasta hace poco Chiquita Brands-, en el Urabá.

Se mueven como peces en el agua, como vendedor en puerto. Promocionan tiquetes, gritan piropos, pesan maletas, ayudan a la señora de edad, acomodan equipaje, embarcan encargos del amigo del amigo,  prenden motores,  acomodan pasajeros, suben y bajan de las pangas (lanchas), ríen, saludan…gritan y todo, todo en menos de una hora.

El mar y el cielo se ven igual de azules y en la distancia parece que se unen, cantarían Los Panchos, y a lo mejor aunque el motorista y su ayudante no han escuchado la canción, lo han entendido mejor que el trío. Respetan la inmensidad del mar. Cruzan el Golfo, paran en un puesto de control de la Armada Colombiana y con seguridad se hacen campo, o agua mejor,  hacia la ciénaga de Unguía. En Unguía esperan con armas en mano algunos soldados, a este pueblo de control paramilitar, a pesar de la presencia del Ejército, no son muchos los que llegan.

Es uno de los tantos Macondos de este país.  Si en Turbo no se pasa desapercibido en Unguía menos, allí las cosas son a otro nivel. Hay pocos carros en el pueblo, contables con los dedos de las manos. Las motos por el contrario abundan, son el medio de transporte junto con las carretas haladas por caballos, que más se utiliza. La gente es parca, no gusta de contestar pero sí de preguntar.

El calor y la tierra amarilla se mezclan. Es un paisaje sepia, los movimientos en cámara lenta. Se oyen corridos, reggaeton, vallenato y champeta. La gente, en su mayoría hombres, se sienta alrededor de la plaza central a tomar cerveza, hacer negocios y jugar billar. Una vez entra alguien desconocido toda la atención se centra en él o en ella. Hombres de cabellos oxigenados, lentes oscuros y tatuajes en tinta china empiezan a hacer rondas y a preguntar quién es el nuevo. Media hora después todos en el pueblo saben nombre, edad, procedencia y motivo de la visita.

– Van para donde los indios.

Esos indios, como los llaman despectivamente en el pueblo, son los que abastecen de plátano, cacao y otros víveres a las tiendas y hogares de Unguía. El ciento de plátano (100 unidades) se les compra entre 12 y 15 mil pesos, y se vende casi al triple, como todos los productos. No se contempla el tiempo de cosecha, recolección y el camino que hay que hacer del resguardo al pueblo.

Sí, el camino. Porque los indios y Makilakuntiwala literalmente están en medio de la selva a una hora larga a pie para cualquier waga (no indígena) por trocha.

Don Alirio, Don Nelson y otros tule esperan sentados en una de las sillas del parque.  Cuando baja el sol dicen que lo mejor es tomar una moto. La trocha está en mal estado por las lluvias. Ellos irán en una carreta con el equipaje.

Papeles en mano, lo mejor es agarrar por la cintura al hombre de los casi 30 años que invita a subir a su moto con un guiño de ojo. No se le puede mirar a los ojos, es uno de los vigilantes de lentes oscuros. Las cuatro motos lideradas en principio por un antiguo narcodependiente, que se apoda `Mi Rey` (nadie sabe su nombre y nunca lo dice), rompen la parsimonia de la cámara lenta.

La plaza central se pierde rápidamente. Las calles destapadas empiezan a descubrirse y de pronto ahí al final del final, el inicio: la trocha de Arquía. A Makilakuntiwala, que es el nombre en tule del Resguardo, se llega de dos formas, no hay de otra. La trocha o  Las Vegas, una finca ganadera (digna de los llanos orientales) que aunque todos la saben propiedad de un bloque paramilitar, funciona como terreno legalizado, quizá por algún testaferro. Es la trocha vigilada por algunos como ´El Niche`, un negro de unos 50 años malmirado y poco saludable, que con el tiempo es hasta amable;  o la finca de cientos de hectáreas, en la que lo único que se ve es ganado, y de cuando en cuando un vaquero o algunos soldados que la cuidan.

La opción esta vez es la finca. Con seguridad uno de los hombres en moto, abre y cierra puertas. Han pedido permiso para cruzar el terreno sin problemas. La única forma de pasarlo siendo extraño es con autorización, y esa autorización sólo la tienen algunos del pueblo y  los indígenas tule.

En la mitad de la finca la lluvia espera. También el pasto es digno aprendiz del engaño, el pasto de Las Vegas se enloda y las motos quedan enterradas. Resultado: barro en manos y pies. El aguacero no deja siquiera que dos personas se escuchen, los zapatos ahora tienen una plataforma de tres centímetros de estiércol de vaca, lodo y pasto.

La selva es hostil y el clima perverso para quien no está acostumbrado. Los tule o kuna han resistido siglos, se han adaptado bien. Desde la colonización española, pasando por el conflicto con los emberas, la revolución kuna,  la separación de Panamá (que los dividió. La mayoría de kunas habitan en Panamá), la escasez de alimentos y el conflicto armado (cuyos actores tienen controlados los alrededores del resguardo), han sabido salir adelante.

Su gastronomía ha variado mucho los últimos años. Con el recrudecimiento del conflicto dado hacia el 2004, en los terrenos que utilizaban para la caza se sembraron minas antipersonal por lo que tuvieron que suspender la actividad y prácticamente cambiar su dieta por una basada en el consumo  exclusivo de plátano.

La situación económica también se vio afectada como consecuencia a dicho fenómeno de recrudecimiento. Sufrieron un bloqueo económico, no podían establecer una actividad comercial normal. Al ser acusados de colaboradores de la guerrilla no se les permitía por ejemplo, comprar más de cierta cantidad de alimentos por semana en el pueblo, ni vender con total libertad.

La seguridad colocó en máxima alerta a los habitantes del resguardo, desaparecían muchos indígenas, no podían transitar la trocha de Arquía a determinadas horas y otras familias perdieron a sus hombres,  reclutados por la guerrilla o los paramilitares. Estaban en el centro del conflicto.

Hoja 2

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Jaider, la minería y los sueños en Sumapaz

La minería en Sumapaz, localidad 20 de Bogotá (Colombia), se ha convertido en un problema que a futuro parece extenderse por las grandes riquezas naturales que alberga el territorio. Conozca la historia de Jaider, un pequeño que defiende la conservación del ecosistema porque entiende su importancia para la generación de agua.

 


La gaviota azul, un viejo camión Ford de plumaje resistente, se sumerge en el mar de polvo que cubre el camino serpenteado que conecta el único puente peatonal de Soacha con San Jorge. Su cabeza impecable corta el viento abriéndose paso por Fusungá y Panamá, dos veredas antes agrícolas y hoy el refugio de  ladrilleras y canteras. Las chimeneas imparables, la maquinaria de extracción, el constante movimiento de trabajadores y una estación de gasolina en medio de la nada interrumpen el verde paisaje.

Luego de casi media hora de vuelo, se detiene. De la cabeza descienden tres campesinos. Uno de ellos, de 11 años rápidamente nos ayuda a los diez o quince que vamos en el lomo de la Gaviota a bajar maletas y  saltar a tierra. -Bienvenidos a la Vereda San Jorge del corregimiento 1 de Soacha, dice con voz fuerte y firme, sin dejar de sonreír para invitarnos a seguir un camino que cruza una de las humildes viviendas y deja al descubierto una hermosa planicie rodeada de montañas y cultivos de papa, arveja, fresa y tomate de árbol.

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Jaider Bello es el menor de cuatro hijos. Sus dos hermanos mayores trabajan en la ladrillera Santander, Rafael de 23 años como operario transportando bloque en unos vagones hacia las celdas de secado y  Wilmar de 19, como cotero descargando bloque. Decidieron dejar de lado la agricultura porque trabajar en la ladrillera es más rentable. Karen, que es la otra hermana de Jaider, tiene 16 años, es madre soltera y como quiere ser médica sigue estudiando el bachillerato. Así las cosas, y a pesar de que los cuatro crecieron como campesinos, el único que desea dedicar su vida al campo es Jaider. Ama las plantas y los animales. Dice que quiere ser ambientalista profesional para proteger lo poquito que nos queda de este mundo y ayudar a los que son afectados por la minería y la extracción de petróleo.

Sus cachetes colorados, rojos y pecosos como fresas, dan cuenta del clima. En el subparamo los cachetes se queman, así haga sol el viento es frío todo el tiempo y San Jorge está un poquito más abajo del Sumapaz, el páramo más grande del mundo. A Jaider eso lo tiene sin cuidado, no le importa el frío, total está enamorado del campo. Según él, es maravilloso básicamente por tres cosas: Uno, la gente se puede acostar en el pasto así no  tenga plata y puede dormir hasta en la noche. Dos, puede salir a jugar porque no hay desconocidos y no le roban nada. Tres, es muy sano, nada de vicios y nada de eso de la internet ni de la tecnología que daña, como los X- box.

El páramo de Sumapaz  es tan grande que los españoles lo llamaban país de la niebla y  es uno de los ecosistemas más importantes del país porque allí nacen varios ríos del Orinoco y del Magdalena. Su potencial ecológico y su papel en la regulación y estabilidad del ciclo hídrico lo han convertido en una de las principales reservas de suelo protegido. Sin embargo, ese potencial es un arma de doble filo, porque al ser tan rico hay muchos intereses económicos encontrados puesto que es un foco de atención para las compañías dedicadas a la extracción y explotación.

La Vereda San Jorge es reconocida porque hay abundancia de materiales para construcción (arena, gravilla, piedra) y esto la ha vuelto atractiva para una de esas compañías. TRENACO* es una multinacional Suiza que hace explotación a cielo abierto en San Jorge en una arenera llamada Caracolí. Antes el terreno donde está ubicada la arenera estaba protegido por considerársele zona de subparamo fundamental para la conservación del Sumapaz, hoy, a pesar de las protestas de los campesinos y movimientos ambientalistas de la zona que aseguran que hay nacientes de agua y especies nativas como frailejones que absorben el agua de las neblinas y la conservan, la CAR, ha concedido licencia ambiental para su explotación luego de hacer una realinderación que saca al terreno de la zona protegida.

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La mina queda a pocos metros de la planicie hermosa a la que nos condujo Jaider. Donde se pongan los ojos hay montañas de diversas formas y colores que parecen haber estado en guerra. Tienen agujeros en sus entrañas, disparos profundos, heridas abiertas que harán que unas lamentablemente mueran en poco tiempo. Dejarán de ser montañas importantes en la producción de agua y oxígeno en el Páramo de Sumapaz, para mutar en concreto, ladrillo y otras cosas propias de la selva de cemento. Los responsables: funcionarios que otorgan licencias ambientales como pan caliente –atendiendo  a un Plan de Gobierno que privilegia la minería como uno de los principales motores de crecimiento económico- . Es el crecimiento económico –que no garantiza mejores condiciones de vida para quienes las necesitan- versus el agua, que es la vida misma.

Mientras las riquezas de TRENACO crecen desmedidamente a costa de la vida, Jaider tiene que estudiar en otra vereda (Hungría) porque en San Jorge no hay escuelas, ni hospitales, ni una buena antena que permita el uso de celular para comunicarse con sus hermanos mientras trabajan en la ladrillera.

Mientras  hombres y mujeres que en camionetas blancas e impecables entran y salen de la arenera  (extraños especímenes,  usan gafas negras -tal vez para no ver el desastre que están ocasionando- y mastican chicle a media ventana para sentirse intocables o tal vez superiores a los campesinos de la zona), el papá, la mamá de Jaider  y el resto de campesinos que aun cultivan se joden llenándose de mugre hasta las orejas, para ganarse una miseria. Mientras TRENACO se da el lujo de pagar a algunos campesinos para que estén de su lado y presionen la dejación de terrenos, dividiendo la comunidad, Jaider y sus amigos no tienen ni siquiera una cancha de fútbol donde jugar. El sueño de Jaider y a lo mejor de muchos otros niños y niñas es tener una cancha de fútbol de pasto y un entrenador, porque la única cercana, es propiedad del ICA y ya no la prestan porque es privada.

El amor de Jaider por la naturaleza es desmedido porque si no fuera ambientalista profesional y tuviera que ayudar a tantas personas en distintas partes, sería campesino y se quedaría viviendo toda la vida en San Jorge. -La importancia del campesino es que son los que dan de comer. Si esto se llena de minería ya no vamos a tener qué comer, quién sabe qué comeremos ¡hasta plástico¡, ¿no ha visto eses chitos? Son plástico y les echan maíz, quémelos y verán que son plástico, dice.

Jaider con un poco más de una década  tiene claro el problema y la solución. –Trenaco nos quiere afectar a todos, quiere explotar arena y dejarnos un hueco inmenso que nos va a secar el agua y nos va a poner a pelear con otras veredas como Quiba, como la tierra se va a chupar el agua no va a quedar agua ni para allá ni para acá. La solución es que no sigan explotando, le diría a los de Trenaco que ya es suficiente con lo que tienen, es suficiente para ustedes, ya no acaben más con la naturaleza.


*Trenaco suspendió actividades en la Mina Caracolí en el año 2015 por un derecho de petición que presentó un habitante de la zona.

Las denuncias presentadas por la comunidad y la organización de la misma frente a la actividad de la multinacional Trenaco, fueron posibles gracias a varios grupos de jóvenes ambientalistas, entre los que se destacan Caminando el Territorio y la Red Juvenil de Suacha, quienes realizaron caminatas ecológicas y de apropiación de la zona, además de actividades con la comunidad y manifestaciones en el centro de Bogotá.

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